Buscando apoyo

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sábado, 16 de abril de 2011

Hacer pasteles


Si algo me gusta en mi vida, es cocinar, hacer tortas, pasteles, guisos, pero sobre todo, usar el hojaldre. 

Esta maravillosa masa, suave, sencilla, me evoca muchas cosas en mi historia. Al recordar cómo se elabora, con cuidado, mantequilla y harina, amasar suavemente, pasar el rodillo de madera, con cuidado, integrando lentamente ambas materias primas, una pasada, y otra, con paciencia, doblando, reposando, volviendo a amasar, más harina, más dobleces, una vuelta y otra sobre sí misma, tantas veces como se desee tener al final una exquisita masa de hojaldre.

Es casi como la vida misma, todo es paciencia, son varios ingredientes, pero cada uno va en su momento, lentamente, diría que no se pueden mezclar en un caos, porque al final, así será el resultado.  En repostería, esta masa, e inclusive la masa filo, son las más delicadas que he trabajado, quizás puedan existir muchas recetas más refinadas, pero esta es la más cercana a mi ser, llevan el calor de hogar, de infancia, de niña correr a la panadería a comprar esos pasteles azucarados rellenos de bocadillo rojo, crujiente, tostado y el azúcar caramelizada sobre la cubierta delgada y ligera. 

Cuando aprendí a hacer el hojaldre, descubrí un mundo lleno de magia para mí, entre más la amase, más la deje reposar, más capas ponga cuidadosamente, mejor es el resultado, pero sin duda, sin aplicar fuerza, para no perder ese aire que se queda atrapado al doblar la capa delgada una sobre otra… al final, es lograr una aparente uniforme y única hoja, a la cual se le pueden poner tantas opciones de rellenos dulces o salados se deseen, y aún siento el corazón hincharse al tiempo con los pasteles en el horno.

Verlos crecer, separarse las hojas, fundirse el relleno, al final, dorarse como si estuvieran al sol, el olor inundar la casa, y a los niños retozando alegres preguntando si ya están listos ¡¡, eso es HOGAR, es lo que hace de un simple bocado un alimento para el alma.  Luego, un vaso con leche fría, un par de mordiscos, migajas crujientes saltar a sus rostros y ver sus ojos brillantes y decirme… gracias mami, están deliciosos ¡¡¡ 

No es solo hacer pasteles, es marcar un recuerdo en sus vidas, en mi vida, en el hoy, y compartir con ellos, seguramente cuando ya sean grandes, y hagan sus vidas lejos de aquí, añorarán un pequeño y crujiente bocadito de hojaldre almibarado que les traerá de nuevo a este momento de sus infancias y al abrazo cariñoso que me dieron en pago.  

 Esto… para mí, es hacer pasteles.